La gonorrea, una de las infecciones de transmisión sexual más comunes, se está convirtiendo en un desafío cada vez mayor para la salud pública. Esto no solo se debe a que el número de casos continúa aumentando en Europa, sino porque la bacteria responsable, Neisseria gonorrhoeae, ha desarrollado una extraordinaria capacidad para hacerse resistente a los antibióticos, la llamada 'supergonorrea', tal como le ha dicho la OMS.

Un nuevo informe del Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) advierte que, entre 2019 y 2023, la capacidad de los países europeos para detectar y responder a estas cepas resistentes se ha debilitado en varios aspectos clave.

Para los especialistas en esta materia, esto no debe ser ninguna sorpresa. Durante las últimas dos décadas, la bacteria ha ido adquiriendo resistencia a sucesivas familias de antibióticos, incluidos penicilinas, fluoroquinolonas, macrólidos y cefalosporinas. En la actualidad, la ceftriaxona sigue siendo el principal tratamiento, pero ya se han detectado cepas multirresistentes (MDR) e incluso extensamente resistentes (XDR), capaces de limitar seriamente las opciones terapéuticas.

El informe de la ECDC evalúa la aplicación del plan europeo de respuesta actualizado en 2019 para contener esta amenaza. Como era de esperarse, la estrategia se queda corta. Aunque algunos indicadores muestran avances, especialmente en la actualización de las guías clínicas y la capacitación de profesionales, otros aspectos esenciales para la vigilancia epidemiológica han retrocedido.

Uno de los principales problemas es la pérdida de capacidad para monitorear la resistencia bacteriana. La participación de los países en Euro-GASP (la red europea encargada de vigilar la resistencia de la bacteria a los antibióticos) descendió de 26 de 31 participantes en 2019 a 24 de 30 en 2023. También disminuyó el número de laboratorios que participan en los programas de control de calidad, una herramienta fundamental para garantizar que los resultados obtenidos en distintos países sean comparables y confiables.

Paradójicamente, el número de muestras analizadas aumentó. En 2023 se estudiaron más de 5200 aislamientos bacterianos, frente a poco más de 4100 en 2019. Sin embargo, este crecimiento se concentró en un número reducido de países, por lo que no compensa la pérdida de representatividad geográfica del sistema de vigilancia.

Otra de las tendencias que preocupa a los especialistas en salud pública es que cada vez se realizan menos cultivos bacterianos. Hoy, el diagnóstico de la gonorrea depende en gran medida de pruebas moleculares rápidas, conocidas como NAAT, que detectan el ADN del microorganismo con gran precisión. Estas pruebas permiten confirmar la infección, pero no proporcionan bacterias vivas para evaluar su sensibilidad a los antibióticos. Como consecuencia, disminuye la disponibilidad de muestras para estudiar la aparición de nuevas resistencias.

El porcentaje promedio de clínicas especializadas con acceso a cultivos y pruebas de sensibilidad cayó de 97.3% en 2019 a 82.6% en 2023. Asimismo, la proporción de casos en los que se realizó un cultivo con análisis de resistencia descendió de 38.5% a apenas 29.5%.

Los autores de este informe consideran que esta situación reduce la capacidad de detectar oportunamente la aparición de capas resistentes y dificulta la actualización de las recomendaciones terapéuticas.

Antes de prender las alarmas respecto a futuros brotes de 'supergonorrea' en el mundo, cabe indicar que no todos los hallazgos en el informe son negativos. En materia clínica, los países europeos han mejorado notablemente la armonización de sus tratamientos. En 2023, todos los países que contaban con guías nacionales recomendaban los antibióticos establecidos por las directrices europeas de 2020, frente al 73% registrado cuatro años antes. También se observó un incremento en las actividades de capacitación para personal de laboratorio, especialmente tras la reanudación de los cursos especializados, suspendidos durante la pandemia de covid.

Sin embargo, persisten algunas debilidades. Menos de la mitad de los países dispone de sistemas adecuados para recopilar información sobre posibles fallos terapéuticos y reportarlos al ECDC. Aunque oficialmente no se notificó ningún fracaso confirmado de tratamiento durante 2023, los autores consideran que esto probablemente refleja limitaciones en la detección y el reporte, más que la ausencia real de estos casos.

La vigilancia epidemiológica también presenta lagunas. Si bien mejoró ligeramente la calidad de los datos recopilados, variables fundamentales, como la vía de transmisión de la infección, siguen incompletas en aproximadamente la mitad de los registros, lo que dificulta identificar los grupos con mayor riesgo y diseñar estrategias de prevención más eficaces.

El informe concluye que Europa necesita reforzar de manera urgente sus sistemas de vigilancia frente a la gonorrea resistente. Entre las prioridades figuran recuperar el uso de cultivos bacterianos junto con las pruebas moleculares, ampliar la participación en la red Euro-GASP, mejorar la integración entre los datos clínicos y de laboratorio, fortalecer el seguimiento de los tratamientos y aumentar la capacidad para detectar y comunicar rápidamente posibles fallos terapéuticos.

Eso es a nivel institucional, ¿pero a nivel individual? Si bien los riesgos de transmisión a la población en general es bajo, las personas con alta actividad sexual son las más expuestas. La mejor forma de protegerse contra la llamada 'supergonorrea' es practicar sexo seguro mediante el uso correcto y constante de preservativos, reducir el número de parejas sexuales, realizarse pruebas periódicas si se tienen prácticas de riesgo y avisar a las parejas sexuales en caso de un diagnóstico positivo.

En todo el mundo se detectan al año alrededor de 82 millones de casos de gonorrea, según las estimaciones más recientes de la OMS. En un contexto en el que la gonorrea sigue aumentando y la resistencia a los antibióticos continúa evolucionando, los investigadores advierten que detectar a tiempo las cepas más peligrosas puede marcar la diferencia entre contener un problema emergente o enfrentarse a infecciones cada vez más difíciles de curar.

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