Tengo más de dos décadas viviendo en México y nunca antes había vivido el nivel de anti argentinismo que hoy predomina en el plano futbolístico. El fenómeno no es nuevo dada nuestra fama de soberbios que motiva a que muchos nos miren de reojo, pero sí son novedosas la intensidad y la amplitud del sentimiento. Mi hija Nina, de 16 años y mexicana, busca en mí alguna explicación para entender la generalizada actitud anti argentina de muchos de sus mejores amigos, algunos de ellos otrora admiradores de Messi. Este artículo intenta responder a esas inquietudes basándome en mis interacciones sociales y observaciones de más de 20 años.

El sentimiento anti argentino tiene al menos dos grandes raíces.

Primera: Maradona como icono de la irreverencia frente al poder. En México, la gente es ceremoniosa, tiende a hablar en voz baja, no interrumpe, es cuidadosa de las formas y respetuosa de los rangos establecidos. Por el contrario, los argentinos hablamos en voz alta, decimos lo que pensamos, somos inconformistas y díscolos por naturaleza. Los argentinos portamos una conciencia social bastante igualitaria que nos empuja a intentar llevarnos al mundo por delante. El argentino promedio parte de la convicción de que tiene los mismos derechos que cualquier otro, independientemente de su lugar en la pirámide social.

Futbolísticamente, el ícono máximo de esta irreverencia plebeya fue Maradona. Diego fue el abanderado de la crítica hacia el poder de la FIFA. Gracias a su magia y a su rebeldía, contribuyó a expandir mundialmente la simpatía por nuestra bandera, especialmente en territorios históricamente colonizados por el imperio británico. Con su talento y su picardía sublimadas en el mítico partido del 22 de junio de 1986 en el Azteca frente a Inglaterra, Maradona le recordó al mundo que los olvidados del mundo también podían sentirse triunfadores. Y esto, para quienes se benefician de un sistema sustentado en la opresión, resultaba imperdonable.

Segunda: El anti argentinismo remasterizado. Muchos de los que admiraban a Messi y se pusieron contents en 2022 cambiaron radicalmente de opinión. Las razones incluyen que Messi ya ganó su mundial y ahora le toca a otro. También se sostiene que Argentina gana porque es el equipo favorito del poder, avalada por la FIFA y Estados Unidos. Además, se ha viralizado que Argentina cuenta con el apoyo de Donald Trump, Israel y el conglomerado militar y financiero que los respaldan.

Las redes sociales amplifican este odio. El anonimato, la ausencia de límites y la lógica del algoritmo que premia a los más ruidosos multiplican los insultos e impiden la conversación racional.

En resumen, lo que nos hace antipáticos es que logremos estar entre los mejores del mundo en un asunto tan universal como el fútbol sin perder nuestra esencia. A muchos de nuestros hermanos latinoamericanos les molesta nuestra arrogancia no tanto por ser insoportable, sino por el origen plebeyo de esa actitud. Mientras buena parte de las clases medias latinoamericanas pretenden ser parte de las elites, Argentina les recuerda que la única manera de triunfar cuando se es parte del sur global es siendo irreverente frente al poder. No somos y nunca seremos el equipo del poder. Ganamos porque somos buenos, no porque seamos poderosos.

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