El magnesio es un mineral esencial: el cuerpo humano contiene alrededor de 25 gramos, y más de la mitad se acumula en los huesos. El resto se distribuye por las células y participa en cientos de reacciones químicas necesarias, como la síntesis de ADN y proteínas. También interviene en la transmisión de señales del sistema nervioso y en la comunicación entre el cerebro y el resto del organismo.

Sin embargo, que las células necesiten magnesio no implica que tomar dosis extra mejore su funcionamiento. Ingerir más cantidad tampoco garantiza que el mineral llegue al cerebro ni a tejidos específicos.

En los suplementos, el magnesio forma parte de sales que deben disolverse para liberar Mg²⁺, la forma iónica que utiliza el cuerpo. La cantidad absorbida depende de la dosis, del contenido del estómago y de las reservas corporales. A mayor dosis, menor proporción se absorbe. Además, no todas las sales se disuelven igual. El óxido de magnesio, común en productos baratos, se descompone con dificultad y suele actuar como laxante al atraer agua hacia los intestinos.

El citrato de magnesio ha mostrado mejor biodisponibilidad en pruebas de laboratorio. Pese a ello, algunas etiquetas afirman que ciertas mezclas dirigen el magnesio a músculos o cerebro. Esas promesas suelen basarse en estudios con roedores, en los que se administran dosis altas durante periodos prolongados. Un trabajo en ratas observó que el L-treonato de magnesio aumentaba el magnesio cerebral y mejoraba algunas funciones de aprendizaje y memoria; de ahí provienen muchas campañas que aseguran llevar el mineral directamente al cerebro.

En humanos, los resultados son menos concluyentes. Hay ensayos aleatorizados pequeños que describen mejoras en pruebas cognitivas o en el sueño, pero presentan limitaciones: evaluaron mezclas de sustancias, duraron pocas semanas, midieron pocos resultados o fueron financiados por fabricantes de suplementos. Además, no midieron el contenido de magnesio en el cerebro. Por tanto, aunque una pequeña cantidad pudiera llegar al tejido cerebral, la evidencia no respalda las promesas de estos productos. Con lo que se sabe sobre cómo se procesan las sales, un suplemento “para el cerebro” podría ser, en el mejor de los casos, un laxante caro.

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